Un caserío entero, no una casa suelta
La Alcogida fue un poblado de verdad y el museo es ese poblado: siete casas de un caserío real de Tefía, restauradas y no reconstruidas, cada una todavía conocida por la familia que vivió en ella. Que sean siete tiene sentido, porque muestran el abanico social. En un extremo, la casa de una sola pieza de un jornalero, con suelo de tierra apisonada; en el otro, una vivienda de dos plantas con balcón de madera, escalera y tejado de tejas, que en Fuerteventura significaba dinero de verdad. Veinte minutos caminando entre ellas explican la estructura social del campo majorero mejor que cualquier panel.
Los interiores están amueblados, no vacíos. Se ven las camas bajas, los graneros, la cocina con su fogón y las herramientas que necesitaba una familia para cultivar un paisaje en el que casi no llueve. Entre los edificios quedan muros de piedra seca, aljibes y corrales, y el recorrido se hace a tu ritmo, sin grupo ni guía obligatoria. Es la imagen más honesta de la Fuerteventura anterior al turismo que hay en toda la isla.















