Cómo un puerto de trabajo se volvió galería
Puerto del Rosario no es un núcleo turístico. Es donde vive y trabaja la gente de la isla, y durante años los visitantes lo cruzaban de largo entre el aeropuerto y las playas. El proyecto escultórico, iniciado a finales de los noventa, fue la respuesta de la ciudad: encargar obra de verdad, sacarla a la calle y dejar que el pueblo fuera la exposición. Ha ido creciendo hasta superar con holgura el centenar de piezas —figurativas y abstractas, de palmo y monumentales, en acero, bronce, basalto y mármol, de artistas de Canarias, la Península y fuera de España.
Lo que hace que funcione es que nada está acordonado. Una escultura ocupa una rotonda por la que conduces, la acera frente a un banco o el centro de un parque infantil. No hay orden que seguir ni ruta correcta: ves una, levantas la vista y hay otra dos calles más allá. El ayuntamiento publica un plano, pero lo mejor es aparcar una vez y callejear.










