Sal en una isla donde apenas llueve
Fuerteventura casi no recibe lluvia y en cambio tiene viento constante y sol fuerte: exactamente lo que necesita la sal, y durante dos siglos la isla lo aprovechó. En esta cala se extrae sal desde el siglo XVIII, y la instalación que se ve hoy quedó configurada así a principios del siglo XX. La sal importaba porque conservaba el pescado: sin ella, la pesca que alimentaba a la isla y abastecía a los barcos de paso no tenía manera de durar. Con la llegada del frío industrial cerraron casi todas las salinas de Canarias.
Estas no. Salinas del Carmen son las últimas en activo de Fuerteventura y ocupan unos 26.000 metros cuadrados de costa: alrededor de diez tomaderos que retienen el agua de mar y cerca de mil tajos poco profundos donde el sol hace el resto. Se camina entre ellos por los caminos elevados, entre bordes encostrados de blanco y agua con reflejos rosados, y con suerte se ve a los salineros arrastrando los cristales hasta formar montones. Es una explotación en funcionamiento con una exposición al lado, no una recreación.















