La playa que no se olvida

Once kilómetros de arena dorada en la costa atlántica de la península de Jandía, con la cresta de la sierra levantándose detrás hasta rozar los 800 metros. Aquí no hay hoteles ni bloques de apartamentos, ni chiringuitos ni sombrillas: un caserío de apenas una docena de casas en la ladera, la Villa Winter, un único restaurante —el Restaurante Cofete— y kilómetros de nada. Conviene decirlo de entrada: el mar aquí es peligroso, con corrientes fuertes y sin socorristas, así que Cofete es playa de caminar y mirar, no de bañarse.
Lo que impresiona de Cofete es la escala. Es tan grande que, aunque haya cien personas, la sigues viendo vacía. Las montañas van cambiando de luz y de sombra durante todo el día. El Atlántico golpea la orilla sin descanso y el viento arranca penachos de espuma de las crestas de las olas. Sale bien en foto desde cualquier ángulo, y no es casualidad que aparezca en todas las listas de mejores playas de España.
El sitio tiene además algo inquietante. Villa Winter asoma en la ladera con su historia de los años cuarenta a cuestas. En la arena anidan tortugas bobas. Y el mar aquí se comporta como océano de verdad, nada que ver con la costa este resguardada.







