Un campo de dunas, no un desierto
El parque se declaró en 1982 —al principio como un único espacio protegido junto con el vecino islote de Isla de Lobos, separado administrativamente en 1994— y ocupa algo más de 2.600 hectáreas en la costa nororiental. Pese a lo que suele contarse, la arena no vino volando del Sáhara: es de origen orgánico, procedente de conchas y restos marinos triturados durante milenios y empujados tierra adentro por los alisios. De ahí ese tono pálido, casi blanco en algunos puntos, y no el rojizo de un desierto continental.
Las dunas están vivas. Se mueven, despacio y sin parar, y por eso hay que limpiar de arena la carretera que las cruza. El interior es hábitat protegido —vegetación escasa y resistente a la sal, aves que nidifican en el suelo—, así que camina por los senderos evidentes en lugar de atravesar laderas intactas. Dentro del parque hay dos grandes hoteles a pie de playa, construidos antes de la protección y objeto desde entonces de un largo pleito. El resto de esta costa está sin urbanizar y, a doscientos metros de la carretera, ya solo se oye el viento.








